================================ La Iglesia es la comunidad de “todos
los que anhelan su venida” (2Tim 4,8). Aunque al comienzo de su apostolado
Pablo esperó y quizás anheló una venida inmi nente de Cristo, de hecho nunca
se dejó llevar por aquellos espejismos que sedujeron a los cristianos de
Tesalónica y de otros lugares.
Nadie sabe nada sobre la vuelta del
hijo del hombre. Vendrá como un ladrón. Hemos de estar siempre dispuestos y
vigilantes.
La
vida de la Iglesia es una larga vigilia, una preparación activa y paciente
del regreso de su esposo. La iglesia no tiene que desertar del mundo para
prepararse mejor a esta visita; al contrario, tiene que sumergirse en las
tinieblas del mundo para hacer que brille allí el resplandor de su esperanza.
La Iglesia es la comunidad de la esperan za, no solamente porque vive en
tensión amorosa y anhelante la venida de su Señor, sino también porque
compro- mete a todos los hombres a transformar sus más humildes esperanzas
humanas en la gran esperanza teologal.
Con esta finalidad, Pablo da unos
consejos muy enérgicos a los tesalonicenses:
·Han de velar
sobre ellos mismos para no caer en el desaliento.
·En lugar de
abandonar el mundo, han de insertarse en él con una vida de trabajo que sea
ejemplo para todos.
·Que la Iglesia
sea testigo de la esperanza que anida en ella y que la guía por medio de una
caridad fraterna ejemplar y de una pureza de toda la persona (1Tes 5,4-8).
Extracto de un articulo actual y de interés para los catequistas...
Parece
pertinente hablar hoy de la formación de los catequistas y de los agentes de
pastoral o educadores de la fe. La pertinencia se inscribe en la misma lógica
con la que reflexionamos actualmente sobre la pastoral o la catequesis. Lo
ilógico sería que emprendiéramos una reflexión pastoral que no incluyera a los
agentes de la pastoral y de la catequesis.
Podemos
tener hoy la sensación de estar
construyendo una reflexión teórica sobre la pastoral y la catequesis y
descubrir que, en la práctica, todo sigue igual, porque los que están bregando
en la arena de las comunidades cristianas, por lo general, siguen haciendo lo
mismo, siguen siendo los mismos y no se nota una especial preocupación por su
formación. Es cierto que la reflexión teórica parte de la experiencia de la
práctica, pero no siempre quienes reflexionan son los que están en la práctica.
Más aún, los agentes de base con frecuencia aportan datos para una reflexión
que ellos no hacen. Esto nos puede llevar a una perplejidad: ¿Cómo es posible
que quienes están trabajando a pie de obra no se den cuenta de muchas cosas que
están en la mesa de la reflexión?
Desde
el campo específico de la catequesis, hoy disponemos de unas grandes líneas de
formación de los catequistas bien definidas por los documentos catequéticos
tanto de la Iglesia universal como de las Iglesias particulares; pero no se
puede decir que estas hayan calado en el tejido de las comunidades eclesiales.
Las escuelas de formación de catequistas han disminuido.
Cuando
aquí hablamos del catequista nuevo, estamos apuntando a dos realidades
íntimamente entrelazadas: la persona que tiene la misión de educar en la fe a
otros en el corazón de la comunidad cristiana, y, también, la misma realidad de
la formación que se le propone: qué formación y qué modo de formar.
La
necesidad de abrir una reflexión sobre la formación de los educadores de la
fe aparece en el terreno mismo de la
acción, cuando nos vemos obligados a decir: “para hacer esto (transmisión de la
fe, anuncio del Evangelio, hablar de Dios al hombre de hoy) hay que estar bien
formados”. Por lo que se refiere a los catequistas, tenemos afirmaciones
tajantes en el Magisterio de la Iglesia:
“La pastoral catequética diocesana
debe dar absoluta prioridad a la formación de los catequistas laicos” (DGC,
234). Sería señal de poca finura intelectual y pastoral no ver la necesidad de
formación, y, además, sería una falta de sensibilidad hacia las personas y hacia
el mismo Evangelio.
1.
Razones para una reflexión sobre la formación de los agentes de pastoral y de
los catequistas
En
un primer momento es bueno que tracemos una panorámica que nos permita
discernir la pertinencia de la reflexión sobre la formación del catequista, o,
dicho de otra manera, los focos de la realidad que nos piden una profundización
sobre la formación del educador de la fe, del catequista nuevo en la Iglesia.
1.1.
La reflexión actual sobre la catequesis
¿Qué
vemos, qué está pasando en el mundo de la catequesis? Es un mundo “tensionado”.
No es que no dispongamos en la
actualidad de “buenas reflexiones y principios catequéticos” (bastaría tomar el
Directorio General para la catequesis en la mano), es que no acertamos, a pesar
de los intentos, a poner en práctica la reflexión catequética y pastoral que
hacemos.
La reflexión nos conduce a varias posibilidades de acción y, a las
puertas de la acción, nos detenemos y todo se paraliza. Posiblemente intuimos
que cambiar la praxis en pastoral y catequesis no es una cosa mecánica, sino
algo que “compromete” a la persona, a la comunidad y a la acción en sí. Hay
novedades pastorales que son solo posibles si detrás de ellas hay personas
convertidas, es decir, personas que se creen lo que hacen y por qué lo hacen.
¿Qué
está pasando en el mundo de los catequistas? Hay catequistas buscadores,
inconformistas, que no se contentan con la realidad presente y reflexionan y
abren caminos… Y hay catequistas cansados, sin ganas de formación y mirando más
a repetir esquemas basados en lo mesurable cognitivamente que en otras opciones
de iniciación cristiana.
Esto nos lleva a preguntas importantes. ¿Cómo es
posible que con lo que está pasando en el mundo, en la catequesis, en la
educación… no haya más inquietud formativa en el colectivo dedicado a la
educación en la fe? ¿Cómo es posible una novedad pastoral y catequética sin
unos catequistas nuevos?...
Estamos viviendo el tiempo más hermoso de nuestra Iglesia, “La Pascua”. Hermosa porque el Jesús del Amor y de la Misericordia entregó su vida por nosotros, pero no se quedó ahí, porque el Dios Padre y la fuerza del Espíritu Santo lo sacó de la tierra de los muertos. Como cristianos no nos podemos quedar en el Viernes Santo, sino resurgir de las tinieblas y salir a la Luz de Cristo resucitado. “Vino la gloria del Padre y amaneció el primer día. Envuelto en la blanca túnica de su propia luz divina, la sabana de la muerte dejada en tumba vacía, Jesús, alzado, reinaba; pero ella no lo veía”. La Pascua de Resurrección, nos lleva siempre a reconocer el señorío de Jesús, vivo y resucitado en medio de la Iglesia, su pueblo santo. Que el espíritu de Cristo resucitado nos ilumine a todos con la claridad de su rostro. “Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. ¡Aleluya!”
El Vía Crucis (traducido: "Camino de la Cruz") es una oración que tiene como objetivo hacernos conocer y meditar la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo en su camino al Calvario. Éste camino comienza en la casa de Pilatos, donde Jesús es condenado a muerte, y finaliza en el Monte Calvario donde muere. Se representa por medio de una serie de imágenes de la Pasión a las que se las llama "Estaciones" y corresponden a incidentes particulares que Jesús sufrió por nuestra salvación.
Las estaciones son 14:
1.Jesús es condenado a muerte
2.Jesús carga con su cruz
3.Jesús cae por primera vez
4.Jesús se encuentra con su Santísima Madre
5.El cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz
6.La Verónica enjuga el rostro de Jesús
7.Jesús cae por segunda vez
8.Jesús encuentra a las santas mujeres que lloran por Él
9.Jesús cae por tercera vez
10.Jesús es despojado de sus vestiduras y le dan a beber hiel y vinagre
11.Jesús es clavado en la cruz
12.Jesús muere en la cruz
13.Jesús es bajado de la cruz y colocado en brazos de su Santísima Madre
1. Hoy amaneció diferente. La oscuridad, la confusión y el temor parecen reinar en el mundo. Hemos sido testigos de la muerte de un hombre justo, hemos visto cómo se libraron de él porque sus palabras sonaban incómodas y desafiantes. Muchas veces se abrió paso y se libró de quienes querían eliminarlo; mucho había durado reprochando a los poderosos su actuar marcado por la comodidad y la hipocresía… hasta que lo agarraron y se libraron de él.
¿Qué haremos ahora? Era un hombre justo, que hablaba siempre de paz, de reconciliación y de recompensas eternas, nunca tuvo miedo de decir la verdad… pero no tuvimos el coraje para defenderlo, no nos salieron las palabras para gritar por su vida, no pudimos protegerlo porque el sueño era más fuerte, no logramos comprender sus palabras de vida, de justicia, de perdón, de resurrección. ¡Sí, habló de resucitar! ¿Se acuerdan cuando nos contó eso de ser entregado en manos de los paganos y de tener que sufrir mucho? Siempre terminaba diciendo que el tercer día era el más importante, el día en que todo lo antiguo pasaría y se restablecería un orden nuevo; ¡es cierto, lo escuché por lo menos tres veces decir que el Hijo del Hombre resucitaría al tercer día…! ¿Se refería a esto que estamos viviendo hoy? Hoy sería el segundo día, es decir ¡mañana estará vivo de nuevo! Entonces, este silencio que nos envuelve no es un silencio de muerte ni de duelo, es un silencio expectante, todos estamos aguardando la aparición gloriosa del Maestro. Es la esperanza la que nos mantiene hoy en pie. ¡Claro! No podía ser la muerte, tantas veces dominada por él (en Lázaro o en la hija de Jairo), la que lo retuviera. Hoy es un día de esperanza, la esperanza en que volveremos a verlo caminar entre nosotros.
2. A veces la razón no nos deja contemplar en toda su profundidad el misterio que celebramos. Podemos vivir estos días de Semana Santa como quien examina melancólicamente un álbum fotográfico. Evocamos recuerdos, nos estremecemos con las imágenes que se agolpan en nuestra memoria, sentimos compasión al mirar al crucificado o nos sentimos miserables al medita las palabras del profeta Isaías: “Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada. Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados” (Is 53, 3 – 5).
Si nos quedamos sólo en esto, estaremos viviendo la superficie de nuestra Semana Santa; sería como disfrutar la cáscara sin tomar en cuenta la fruta y el néctar que año a año se nos ofrece para disfrutar y profundizar en el camino hacia Dios. Si no entramos en nosotros mismos y descubrimos en la propia vida personal el misterio pascual estaremos viviendo casi por rutina una semana más del año.
Hoy, tal vez se nos ha olvidado que la pasión, muerte, resurrección y glorificación del Señor son siempre actuales y no sólo efemérides que nos regalan un par de feriados en el calendario. ¿Será que acaso estamos tan cerrados en nosotros mismos que no vemos el dolor y la muerte a nuestro alrededor o incluso en nosotros mismos? ¿No sentimos ese silencio de muerte que envuelve nuestra sociedad, nuestra familia y nuestra Iglesia? Hoy no es día de duelo por la muerte de Jesús porque Él está vivo.
Hoy nos toca llorar por nosotros, que no hemos estado atentos al reino de la muerte que cada día dejamos entrar más en nuestro mundo. Hagamos duelo hoy por los que mueren de hambre mientras otros botan comida; hagamos duelo por los que injustamente son condenados a muerte en el vientre de su madre, hagamos duelo por las mujeres y los niños que se ven obligados a vender su cuerpo para poder sobrevivir; hay muchos hombres que hoy están crucificados por nuestro silencio; y muchas mujeres condenadas a muerte por nuestra comodidad; hay muchos niños azotados y coronados de espinas por nuestros intereses egoístas; muchos ancianos abandonados y traicionados por nuestro pragmatismo económico… por ellos sí hay que llorar y hacer duelo, por ellos sí golpeémonos el pecho, por ellos y por nosotros, contemplando al que traspasaron, actuemos para esperar un cielo, una tierra, un mundo nuevo, fruto de la resurrección de Jesús en cada uno de nosotros.
3. Una antigua homilía de sábado santo imagina y cuenta el encuentro de Jesús con Adán en el lugar de los muertos. El descenso del Señor a los infiernos no dice relación con una condena sino con una liberación, es decir, Cristo al morir desciende al lugar de los muertos para rescatar de la muerte a todos los que, por el pecado original, estaban privados del encuentro definitivo con Dios. La muerte de Jesús es el rescate de todos los que antes de él habían muerto y es garantía para todos los que muramos después de Él. Cada una de las torturas que sufrió el Señor, sirvieron para devolvernos nuestra dignidad original de hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza.
Así, hoy podemos reflexionar sobre las cadenas que aun nos mantienen esclavos de la muerte. Las cadenas del dinero, del poder, del egoísmo y del sentirse dueño de la verdad; las cadenas de la soledad, del miedo, de la tristeza y del pesimismo; las cadenas de la enfermedad, la incomprensión, la injusticia, la traición, la mentira; las cadenas del hambre, de la violencia, de la desigualdad, de la negación de Dios… estas cadenas nos impiden ver en nuestros hermanos y hermanas la imagen de nuestro Padre y nos oculta la semejanza que cada uno tiene con el mismo Hijo de Dios muerto y resucitado. Estas cadenas que nos oprimen y nos hacen oprimir a los demás nos mantienen en el reino de la muerte. Hoy viene el mismo Jesús a buscarnos y liberarnos. No es un recuerdo, no es imaginación. El dolor que provocan estas cadenas lo sentimos en nuestro cuerpo, en nuestro espíritu y en el alma, es real; como real es también que hoy nos vienen a rescatar del reino de la muerte para llevarnos al Reino de la Luz y de la Vida, la vida que no se termina, la vida que ya nadie nos podrá quitar, la vida nueva de cristianos muertos a la maldad y resucitados para multiplicar la vida en nuestro mundo y ser, así testigos de la resurrección.
El jueves Santo como sabemos es el día de la Eucaristía y el día del sacerdote. Esto nos invita a alegrarnos de estos dones tan extraordinarios que nos legó Jesús.
Señor Jesús, he venido a visitarte:
Señor Jesús, he elegido este momento para venir a visitarte y estar unos minutos contigo. Estoy aquí para hacerte compañía, a Ti, que de mil maneras me has demostrado y me sigues demostrando día a día, que: eres mi Padre y siempre me estás esperando. Y Tu, al verme venir, como el padre del hijo pródigo, "Corres, te echas sobre mi cuello y me besas" (Lc.15:20) y quieres "Hacer fiesta y regocijarte porque...me había perdido y he regresado"(Lc.15:32). Ahora que estoy contigo y me estás recibiendo con los brazos abiertos, mueve mi corazón para valorar el amor que me tienes, amor que te lleva a olvidar mis fallas, haciéndome sentir que para Ti soy alguien muy especial, a quien amas infinitamente y recibes con gran alegría, a pesar de que con frecuencia encuentro excusas y pretextos para no corresponderte y justificar que no puedo venir a visitarte.
"El que cree en mí, tiene vida eterna". (Jn.6:47). Creo en tus palabras: "Yo soy el pan de vida". (Jn.6:48) Creo en el milagro maravilloso que realizaste en la última cena, al tomar el pan diciendo: "Esto es mi cuerpo, que será entregado por ustedes" (Lc,22:19) . Creo que en cada Celebración Eucarística vuelves a obrar ese milagro en manos del sacerdote y te conviertes en "El pan que ha bajado del cielo" (Jn. 6:41), recordándome que "El que viene a mí, nunca tendrá hambre; y el que cree en mí, no tendrá sed jamás" (Jn.6:35).
Queridos catequistas, son un tesoro precioso de la comunidad cristiana: gracias. Gracias, catequista, por estar ahí, en la brecha, todas las semanas… por dedicar tu tiempo y tu persona a otros, por “tomar parte en los duros trabajos del Evangelio” (2 Tim 1,6-8). Sé que no corren tiempos fáciles para la evangelización y la catequesis; quizá nunca lo fueron. Sé que te puede asaltar la pregunta: ¿Y total para qué? Un lamento y una
queja que no son superficiales. No te falta razón en parte, porque al final hay pocos frutos, o no se ven, y esto desanima. Tienes madera de héroe por no dejarte vencer por el desánimo y o la tentación de abandonar y dimitir.
Y, sin embargo, hoy te entregamos estas palabras para agradecer a Dios el don de tu vocación y elección, porque sí, fue Él quien te llamó y te eligió..... y tu respondiste sí. GRACIAS.
(CATEQUÉTICA, revista del Secretariado Nacional de Catequesis de España (Nº 186, abril-junio 2000, pp.261-278).
En aquel tiempo, Jesús fue a casa con sus discipulos y se juntó de nuevo tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales.
El acceso a lo real no es tan fácil ni inmediato como a veces damos por supuesto. No todos ante una misma realidad nos situamos en la misma perspectiva. Donde más diferencias se dan tal vez sea en nuestros juicios con respecto a determinadas personas. Ante ellas asumimos las más opuestas posturas. Precisamente esta situación es la que presenta el evangelio de hoy, que por otra parte es muy breve. Dos grupos de personas reaccionan de manera diversa ante el comportamiento de Jesús.
• Unos le admiran incondicionalmente. Quedaron deslumbrados por Él y lo buscan, lo siguen, lo agobian,… no le dejan en paz. Posiblemente sus intenciones no eran del todo limpias. Le buscaban por los beneficios que Jesús les proporcionaba y por la espectacularidad de sus curaciones y milagros. Su relación con Jesús era gratificante y divertida, pero efímera. El tono era de superficialidad.
• Otros, en este caso sus familiares y allegados, advierten su insólito comportamiento e interpretan que no está en sus cabales. Por eso, tratan de sacarle de la vía pública. Entienden que su comportamiento además de extraño es excesivamente notorio y esto podría acarrearles serios problemas. No estaban dispuestos a complicarse la vida ni a manchar su apellido. Su relación con Jesús se estaba volviendo peligrosa. De ahí su intento de “controlarle” poniéndolo bajo su custodia a buen recaudo.
¿Qué haría María? No me la imagino ni atemorizada por la conducta de su hijo, ni descontrolada por los éxitos clamorosos de su incipiente vida pública. Ella haría lo de siempre: No despreciar nada de lo que estaba viendo y oyendo, sino guardarlo en la molienda de su corazón hasta lograr entender. Llegar a comprender a Jesús es un camino largo, que exige primero de la memoria y que sólo se alcanza por una revelación, una luz de lo alto que ilumina, desvela y permite el acceso a la verdad. Solo se ve cuando se va más allá de lo que dictan los primeros sentimientos. Si María es nuestra madre y formadora, ¿Qué podríamos aprender hoy de ella?
El evangelio de hoy alude a una espléndida síntesis de pastoral vocacional. Alude a tres acciones que realiza Jesús para constituir el grupo de los Doce. Tales acciones, a su vez, se convierten en normativas para la promoción de todas las vocaciones cristianas. Desde esta perspectiva nos acercamos hoy a la Palabra. En cada bautizado ha de repetirse el triple proceso que ahora comentamos.
• Llamó a los que quiso. Lo primero es convocar, hacer una propuesta clara dirigida a personas concretas. Se trata de una elección. No pide voluntarios a mano alzada. Desconocemos los motivos por los que escogió a aquellos precisamente y no a otros con un mejor currículo. No hizo un casting para seleccionar a los candidatos más aprovechables. Ni siquiera nos consta que hiciese un sondeo previo, ni una consulta a expertos. El amor tiene sus razones que la razón no huele. La Iglesia necesita una pastoral vocacional que formule propuestas claras de seguimiento, sin mantenerse a la espera de voluntarios que llamen a la puerta.
• Los hizo sus compañeros. Antes de nada, Jesús quiso rodearse de amigos. No hay misión sin comunidad. No buscaba funcionarios, ni especialistas, ni profesionales. Buscaba amigos, personas con quienes estrechar una relación de conocimiento y amistad. El amor era su credencial. La relación personal con Jesús es condición necesaria en las cosas del Reino. No hay pastoral vocacional auténtica sin el conocimiento y la amistad con Jesús. Sin liberar espacios para el encuentro y la oración nunca puede haber auténtica pastoral de las vocaciones.
• Para enviarlos a predicar con poder… Quiso compartir con ellos sus sueños y convertirlos en sus colaboradores en el avance imparable del Reino. Pero el poder transmitido por Cristo no es como el que pasa de un presidente de gobierno a un ministro. Jesús no envía a los apóstoles a predicar “en su lugar”, sino para que estén “con Él”. De hecho, Él nunca los abandona, está presente continuamente y actúa siempre, aunque parezca que solo actúan los hombres. Pero el poder de estos hombres depende sólo del hecho de que son miembros del único Cuerpo de Cristo. La pastoral vocacional es misionera. Jesús convoca para la dispersión apostólica. Pero sólo comparte con sus amigos el poder que tiene para derrotar el mal.
Colaborar con Jesús en llamar, amar y enviar es la estrategia que mantiene la continuidad de la comunidad de Jesús. Es el único procedimiento de la auténtica pastoral vocacional.
En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a orillas del lago y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Indumea, de Transjordania y de la región de Tiro y Sidón. Acudió a él una gran multitud, al enterarse de lo que hacía. Como había mucha gente, encargó a sus discípulos que le prepararan una barca, para que no lo estrujaran. Pues había sanado a muchos, y a quienes padecían dolencias se le echaban encima para tocarlo. Los espíritus impuros, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban: - “Tú eres el Hijo de Dios”. Pero, Él les prohibía enérgicamente que lo descubrieran.
COMENTARIO
Los espíritu Inmundos en los tiempos de Jesús, es algo muy común. Tal vez, es que el termino nos suena a algo bastante misterioso, nos suena a fantasma o a algo tenebroso; en realidad de lo que se trata de de todas aquellas formas de pensamiento que se instalan en las personas que les impiden ser personas. Espíritu inmundo, es cuando reproducimos conceptos o practicas cargadas de violencia, o que se sustentan en la provocación del miedo, para evitar que las personas puedan opinar con libertad sobre situaciones que les preocupan. A estas personas Jesús también las invita a que no se dejen llevar por esas fuerzas, que sean capaces de liberarse de estas mentalidades para que sean dueños y dueñas de sus propias opiniones, y que no tengan miedo a decir lo que piensan y lo que sienten.
Del evangelio de hoy, cuyo tema central está en continuidad con el de días anteriores, rescatamos algunos detalles menores a los que a veces no prestamos atención.
• El lugar donde ocurren los hechos: la sinagoga. Jesús estaba en territorio enemigo: Entre la gente y ante la mirada inquisitiva de los adversarios. Moverse con soltura en esos terrenos requiere un notable nivel de libertad. Jesús es libre. No tiene por qué esconderse. Hace el bien a la luz. Esa es una primera lección. Esconderse no es por sistema una conducta sana ni justificable, aun cuando alguna vez sea prudente. • La orden dada al paralítico de colocarse en medio, a la vista de todos. Un hombre que no puede trabajar – la mano se identifica con el trabajo- es colocado en el centro, a la vista de todos. Ante él Jesús primero pregunta y, después, actúa. Este enfermo incapacitado no es solo protagonista, sino juez en la escena. El lugar del necesitado es el centro y ante él hemos de dar cuenta de nuestra conducta. Una vez más Jesús instituye tácitamente a los pobres como nuestros jueces. • La mirada de Jesús dolida y llena de ira por la obstinación. Es una de las veces en las que Jesús aparece caracterizado con emociones. Aparecen descritas sin pudor por el evangelista y nos introducen en el corazón sufriente del Maestro. Su alma desconoce la insensibilidad. La imperturbabilidad ante la necesidad o la justificación de la no intervención a favor del necesitado pone a Cristo de malhumor. A nosotros se nos debían saltar también las alarmas ante ellas. • Fuera de la sinagoga planean acabar con Jesús. No a la vista de todos, sino en secreto, en la oscuridad… en ese lugar donde el mal se hace fuerte porque es cobarde y no resiste la luz. Las tinieblas siempre tratan de aniquilar la luz. La cultura de la muerte es perversa: trata de eliminar a Jesús, de la forma que sea, por las buenas o por las malas, con hechos o con el olvido… La primera lectura relata la insólita victoria de David sobre Goliat y ambienta el evangelio con su perspectiva propia: En la debilidad está la fuerza. Es la cultura de la vida victoriosa. Dios se sirve a veces explícitamente de lo más débil para conseguir sus planes.
La religión nos puede liberar o bien paralizar. Y, al igual que la religión, cualquier otra dimensión fundamental humana puede liberarnos o someternos.
Aquí tenemos un ejemplo concreto de cómo la novedad de Jesús rompía los viejos esquemas. El mandamiento de no trabajar el sábado -con todo el sentido positivo que tiene, haciendo lugar al necesario descanso- en la anquilosada interpretación de algunos fariseos, se había vuelto una carga pesada, que aplastaba al hombre y le restaba vida y libertad. Jesús, como David, es capaz de hacer algo nuevo, inédito, y no por mero afán transgresor, sino para devolverle a la Ley de Dios su auténtico sentido.
En el evangelio alguna vez aparece Jesús ayunando, pero no canoniza en ninguna norma esta recomendable práctica. A lo más identifica como bienaventuranza “el hambre y la sed de justicia”. Pero este ayuno es de otro orden distinto, no necesariamente alimentario. En el relato evangélico que nos ocupa, añade algo más para el discernimiento: Hay algo que es superior al mismo ayuno y que lo relativiza: la presencia del “Novio” en medio de sus amigos. Coloca su relación con los suyos en un horizonte nupcial, de alianza. Con Jesús presente no cabe el duelo, sino la fiesta. Su cercanía es motivo superior de alegría incontenible y de la fiesta desmesurada. Ya habrá tiempo para el ayuno, cuando falte. El ayuno, según esto, tiene su sentido en su ausencia, en su espera,… es signo de la nostalgia, disposición de espera, sello de que nada llena de sentido y plenifica la vida como la cercanía del Hijo de Dios.
Jesús hoy no es visible, pero no es un ausente. Reconocerle en su comunidad requiere una especial sensibilidad y, además, capacidad de acogida. Esta es la llamada que hoy nos dirige la Palabra: Cambia tu mirada, ensancha tu corazón, reconoce en la fe su presencia y hazle fiesta… No vayamos a recibir el reproche que Samuel hace a Saúl, tal como relata la primera lectura de hoy: “¿Por qué no has obedecido al Señor?”.
Unos
días después, Jesús volvió a Cafarnaún y se difundió la noticia de que estaba
en la casa.
Se
reunió tanta gente, que no había más lugar ni siquiera delante de la puerta, y
él les anunciaba la Palabra.
Le
trajeron entonces a un paralítico, llevándolo entre cuatro hombres.
Y
como no podían acercarlo a él, a causa de la multitud, levantaron el techo
sobre el lugar donde Jesús estaba, y haciendo un agujero descolgaron la camilla
con el paralítico.
Al
ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: "Hijo, tus pecados te
son perdonados".
Unos
escribas que estaban sentados allí pensaban en su interior:
"¿Qué
está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los
pecados, sino sólo Dios?"
Jesús,
advirtiendo en seguida que pensaban así, les dijo: "¿Qué están pensando?
¿Qué
es más fácil, decir al paralítico: 'Tus pecados te son perdonados', o
'Levántate, toma tu camilla y camina'?
Para
que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de
perdonar los pecados
-dijo
al paralítico- yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu
casa".
El
se levantó en seguida, tomó su camilla y salió a la vista de todos. La gente
quedó asombrada y glorificaba a Dios, diciendo: "Nunca hemos visto nada
igual".
Dios tiene muchos medios para lograr esa renovación de nuestra mente, algunos de los, su palabra nos alimenta, nos santifica, nos ilumina
Comentario al Evangelio: San Marcos 1,40-45
El cuerpo humano es una maravilla. Células, tejidos, órganos... conexiones, movimientos, respuestas. Si no existiera, costaría trabajo siquiera pensarlo. ¿Y qué decir del alma humana? Más increíble todavía: percepciones, memoria, lenguaje... capacidad de amar y ser amado, libertad, apertura a lo Absoluto. De la complejidad y maravilla de ambos se entiende su fragilidad. Algo puede fallar.
Al vivir en sociedad, también formamos parte de un “cuerpo social” y un “alma social”. Y lo que recibimos de los demás influye poderosamente en nuestra vida, para bien o para mal.
Hoy el evangelio nos habla de enfermedad. Una de las comunes en el tiempo de Jesús: la lepra. En el antiguo Israel, los que tenían esta enfermedad eran apartados de la sociedad, siendo considerados malditos. Puede representar a cualquier dolencia, en el cuerpo o en el alma, que afecta al ser humano y le disminuye en su actividad y en sus relaciones con los demás, hasta llegar a oscurecer la vida recibida.
Jesús aparece como el que se acerca a toda enfermedad y dolencia, y atreviéndose a tocar a la persona, puede aliviarla y reconfortarla de una manera impensable. Porque es el Hijo del Dios que rompe las barreras y quiere traer vida, y vida para todos.
Hoy puede ser un buen día para, desde tus enfermedades y dolencias, presentarte humilde al Señor: “Si quieres, puedes limpiarme”. Y déjate confortar por Él. Para seguir caminando. Porque la tierra prometida está más cerca que cuando empezaste a caminar. Aunque a veces no te lo parezca.
La
formación permanente de los catequistas comprende varias dimensiones, la más
profunda hace referencia al ser del catequista, a su dimensión humana y
cristiana.
La
formación, ha de ayudar a madurar, ante
todo, como persona, como discípul@ y misioner@l,
para aprender a vivir en comunidad (DGC 238). Es facilitar el descubrimiento y
desarrollo de sus valores humanos y espirituales, su vocación y misión, sin
olvidar que ésta es una realidad dinámica como tarea de toda la vida.
Entraron en Cafarnaún, y cuando
llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban
asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no
como los escribas. Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu
impuro, que comenzó a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno?
¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios".
Pero Jesús lo increpó, diciendo: "Cállate y sal de este hombre". El
espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese
hombre. Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: "¿Qué es
esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los
espíritus impuros, y estos le obedecen!". Y su fama se extendió
rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.
Fiesta, con la cual se
cierra el tiempo litúrgico de Navidad
Normalmente
el domingo que sigue a la fiesta de la Epifanía es dedicado a celebrar el
bautismo de Cristo, este año se celebra el lunes 9 de enero y señala la
culminación de todo el ciclo natalicio o de la manifestación del Señor. Es
también el domingo que da paso al tiempo durante el año, llamado también tiempo
ordinario
Cuando
Cristo se metió en la cola para esperar su turno de ser bautizado, seguramente
San Juan Bautista no sabía qué hacer. Llegó el Mesías delante de él y pidió el
bautismo. El Bautista exclamó: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti,
¿tú vienes a mí?” (Mt 3,14).
El Catecismo hace referencia a esta actitud
humilde de Cristo en el n.536:
Hay
una diferencia importante entre los dos bautismos:
El de Juan: con agua, exterior,
signo de arrepentimiento para el perdón de los pecados.
El de JESÚS: con Espíritu Santo,
renovación interior que nos hace "partícipes de la naturaleza divina”
"No
soy digno ni siquiera de desatar la correa de su sandalia..." trabajo
reservado al más inútil de los esclavos... Juan destaca la infinita distancia
entre él y Jesús...
Descubramos
nuevamente él "modo" que Dios emplea para salvarnos: hoy se pone en
la fila de los pecadores, y aunque no lo necesitaba, se somete también a un
bautismo de penitencia... Se ha hecho semejante a nosotros en todo, y por eso
no se avergüenza de colocarse en la fila de aquellos que se preparaban para la
llegada del Reino de Dios... así como tampoco se avergonzó de nosotros cuando
tomó sobre sí todos nuestros pecados, y subió a la Cruz como si fuese un
delincuente...
Pero el bautismo que recibió Jesús fue muy
"especial": ciertos hechos nos indican que con Él comienza un nuevo
bautismo:
El cielo
abierto (ya nunca más cerrado por los pecados, como hasta este momento) Es
decir, comienza una nueva etapa de relación entre Dios y los hombres: el Cielo
viene a nosotros, y nosotros vamos allá: viene con Cristo y el Espíritu Santo. Llega
todo, porque Dios mismo viene, y Él será para nosotros y nos dará todo. Estamos
frente al comienzo de una nueva humanidad, divinizada.
En
la proposición que San Marcos hace en su Ev. el Padre no "presenta" a
su Hijo (“Éste es mi Hijo amado”), sino que se dirige a Él (“Tú eres mi
Hijo...”): Cristo nos representa a todos, que desde ese momento pasamos a ser
hijos amados, complacencia del Padre... Cuando somos bautizados, esta vocación
eterna se verifica efectivamente, verdaderamente: somos una nueva creación. Por
lo tanto, nuestra dignidad, nuestra gloria, y nuestro compromiso pasa por VIVIR
NUESTRO BAUTISMO...