06 junio 2013

MEDITACIÓN SOBRE EL CORAZÓN DE JESÚS
¿Cómo entender hoy la “devoción al Sagrado Corazón de Jesús”? ¿Sigue siendo un  lenguaje válido para el cristiano del siglo XXI? ¿Qué hay de forma y qué hay de fondo? o ¿cómo ir más allá de ciertas imágenes y formulaciones que remiten a teologías de épocas pasadas?

Distingamos lo que nos parece central y duradero, dejando de lado lo que pertenece a formas propias de ciertas épocas o sensibilidades particulares. Hablaremos sólo de lo que nos parece más importante al mirar el Corazón de Jesús. Al entrar en la hondura del sentir y del querer de Jesús encontramos, al menos, cuatro impulsos:

I.                   Un corazón ofrecido, entregado, disponible por completo al Padre.
II.                 Un corazón humano que ama como nunca nadie ha amado.
III.              Un corazón humano que quiere ser amado
IV.              Un corazón que siente el dolor de los pobres y desea reparación.



I.                   Tal vez la disposición más característica del Corazón de Jesús es su actitud de amorosa ofrenda al Padre. Está del todo disponible para cumplir la voluntad del Padre, está ofrecido en oblación de amor para salvación de toda la humanidad. Su actitud fundamental es de generosa entrega, de auto donación, en amor a su Padre y a sus hermanos. No hay en él asomo de mezquindad, de egoísmo, de estar centrado en sí mismo. Es el hombre para los demás, al servicio de la misión que el Padre le encomienda. Un corazón que muere a su propio querer, un corazón anonadado, humilde, obediente, a la vez que valiente y amante.

Cuando Pablo invita a los Filipenses a tener los mismos sentimientos de Cristo y luego desarrolla el bello himno cristológico (2,5-11), nos invita a este tipo de identificación con Cristo. Nos propone unirnos al sentimiento de amorosa entrega de Jesús.
La mejor expresión de su auto donación y el retrato máximo de su Corazón entregado lo encontramos en la imagen del costado abierto del Crucificado, del cual brotó sangre y agua (Jn 19,34).

Jesús anticipó y expresó de manera inesperada esta entrega de su Corazón en los gestos y palabras de la Última Cena. “Tomen y coman todos de él, esto es mi cuerpo, entregado por ustedes.” (…) “Esta es mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, derramada por ustedes…” Esa noche Jesús dejó instituido como signo y sacramento el impulso de amor permanente de su Corazón entregado por nosotros. Aceptaba, por amor, la dolorosa e injusta muerte que le era impuesta. Aceptaba dar la vida por los suyos, demostrando el amor más grande.

Jesús me invita a asociar mi corazón al suyo, haciendo mío su querer y su sentir. Esa es la actitud interior fundamental que nos propone vivir. Entregar la vida para la misión, ofrecer de corazón mi día y mis obras para el servicio del Reino. Es vivir la espiritualidad eucarística, “por Cristo, con Él y en Él”, Cristo ofrecido en la Eucaristía y nosotros con Él.

II.                Nunca nadie amó como Él.
Los pobres, los pecadores, los enfermos, los niños, los marginados, todos encontraron refugio y consuelo en el cariño y la bondad de Jesús que “pasó haciendo el bien” (Hch 10,38). Fue el rostro amable de Dios para los abatidos y los desesperanzados, que recibieron acogida, comprensión, aliento. Del amor abundante de ese Corazón los humildes recibieron dignidad y vida nueva.

El amor más grande, el amor que da la vida por los suyos (Jn 15,13), el amor que sale a nuestro encuentro en ese Corazón, es:
·        Amor gratuito, incondicional, sin marginaciones (Mt 5,44).
·        Amor sin medida, “Yo los amo a ustedes como el Padre me ama a mí” (Jn 15,9).
·        Amor de amistad, “los llamo mis amigos” (Jn 15,11-17).
·        Amor valiente, no teme enemistarse con los poderosos (Mc 3,1-6).
·        Amor tierno, abraza a los niños (Mc 10,13-16).
·        Amor misericordioso, “...Yo tampoco te condeno” (Jn 8,11)
·        Amor que corre a darnos su perdón (Lc 15,11-32).
·        Amor paciente y humilde (Mt 11,29).
·        Amor desafiante, que invita a seguirlo (Mc 10,21).
·        Amor que siente compasión de la muchedumbre, “que estaban como ovejas sin pastor” (Mc 6,30-44)
·        Amor ofrecido a los que nadie amaba (Lc 7,36-50)

Este es el amor ardiente e incontenible que está en el Corazón de Jesús, el corazón más humano de todos, por ser también divino. Hoy el Resucitado nos sigue amando con ese mismo corazón humano, en su plena humanidad glorificada. “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

En este Corazón queremos hacer nuestra morada. Él suple con su infinita misericordia nuestras limitaciones e incoherencias. A Él nos acogemos con la confianza de no ser rechazados, porque su amor sana nuestras miserias. Entendemos así y nos hacemos cargo de las palabras de Juan Pablo II: “es urgente que el mundo sepa que el Cristianismo es la religión del amor.”

III.              La piedad clásica del Sagrado Corazón de Jesús invita a una oración de reparación ante los ultrajes que sufre un Corazón que tanto ha amado a la humanidad y que no recibe más que desprecios e indiferencia, un Corazón triste por la ingratitud del mundo.

“He aquí este Corazón que tanto amó a los hombres hasta consumirse para testimoniarles su amor. Y como reconocimiento sólo recibe de la mayoría ingratitudes, por las irreverencias y sacrilegios, y por la frialdad y desprecio que tienen conmigo en este Sacramento de amor. Y lo que me duele más es que son corazones a mi consagrados que también proceden de esta manera.” (Palabras de Jesús a Santa Margarita María en junio de 1675)

Este lenguaje quejumbroso y sentimentalista puede hoy chocar nuestra sensibilidad moderna, pero nos da luces para entender mejor la verdadera humanidad de Jesús y tomar conciencia de una dimensión que nos resulta sorprendente: Jesús, al igual que nosotros, necesita cariño. Él fue hombre como nosotros somos hombres, en todo lo que esto significa, también en sus sentimientos, en sus penas y alegrías, en sus necesidades de afecto. El hecho de ser también Dios no le resta nada a su verdadera humanidad. Le gusta que lo quieran, tal como nos ocurre a todos nosotros, y le duele el rechazo. Esto es simplemente un resultado de la Encarnación. Recordemos el grito de San Francisco de Asís recorriendo Umbría: “¡El amor no es amado!”.

Causa de profundos sufrimientos para Cristo durante su vida terrena fue la incomprensión de muchos, la violencia de sus enemigos, y el rechazo de su propio pueblo a su oferta de gozo y salvación en el Reino de Dios. Llegó a llorar sobre Jerusalén al sentir este rechazo (Lc 13,34-35). Un corazón que experimenta estas tristezas queda maltrecho y herido, requiere del afecto y la amistad de los amigos verdaderos.

Jesús eligió discípulos para la misión del Reino porque no quería estar solo, porque le gustaba tener amigos (nos lo dice Mc 3,14: “los eligió para que estuvieran con él”), porque su Corazón los necesitaba. Sufre la humana soledad y tristeza cuando ellos no confían en él, lo abandonan o dejan de seguirlo. Esperaba de ellos fidelidad y apoyo en sus momentos difíciles. La noche de la Última Cena les pide con cierta nostalgia: “permanezcan en mi amor” (Jn 15,9).

La humanidad de Jesús deseosa de ser querida no es anulada por la resurrección, pues a orillas del lago de Tiberíades el Resucitado le reclama a Pedro su amor: “Simón, ¿me amas?” (Jn 21,15). El Amor pide ser amado, incluso en su actual estado glorioso.
Pero también notamos otro aspecto al mirar este Corazón que desea nuestro amor: Jesús no sólo quiere ser amado, y se entristece cuando es olvidado, sino también se alegra enormemente con el amor que le podemos dar, desde nuestra pequeñez y pobreza. No hay duda que también su Corazón está muy lleno de alegría, ya desde antes de su resurrección (Jn 15,11). El vencedor gozoso sobre la muerte ahora también se alegra intensamente con nuestro corazón ofrecido con generosidad.

No sería fiel a la realidad del Corazón de Jesús quedarnos sólo con su tristeza por el amor rechazado. ¡Él es ante todo un Corazón feliz! Feliz con sus hijos e hijas, feliz de que estemos con él, feliz cuando ve nuestras luchas honestas por ser más fieles y mejores apóstoles. Feliz con la sonrisa de los niños y el amor de una mamá. Está contento cuando a los pobres (muchas veces nosotros mismos) se les anuncian Buenas Nuevas. Él se goza con nosotros y le gusta querernos, nos alienta en los esfuerzos pastorales y se alegra con nuestros logros (que en realidad son de él).

IV.             Hay un cuarto tema cristológico al que nos remiten las tristezas que siente el Corazón de Jesús. Esta mirada nos ayuda a entender su identificación con los pobres y aclara y actualiza el tema de la reparación, tema central en esta espiritualidad.
El Corazón misericordioso de Jesús siente especial predilección y compasión por aquellos que la sociedad olvida y desprecia, los humildes y pequeños. Como el corazón de una mamá, Dios desea dar más cuidado a los más desvalidos.

Hoy Jesús está triste por el dolor de sus hermanos y hermanas los pobres y sufridos de esta tierra, con los cuales Él se identifica (“Tuve hambre, y no me dieron de comer…” - Mt 25). Su Corazón en extremo sensible los ama con un cariño especial. Siente gran dolor al ver a tantos de sus pequeñitos tratados con cruel injusticia, y ver que el sueño de un mundo más humano por el que murió sigue como tarea por hacer.
Lejos de un sentimentalismo auto referente, la verdadera tristeza del Corazón de Jesús es entonces el dolor de todos los no amados de la historia, de los tristes por su soledad y miseria, de los perdedores y abandonados. En ellos Jesús sigue sufriendo y para ellos Jesús pide amor y justicia, que es la reparación que más le interesa (Is 58: “El ayuno que me agrada es que abran las prisiones injustas”).

Aliviamos y “reparamos” su corazón afligido cuando socorremos al hermano pobre y desamparado, cuando atendemos al necesitado, cuando hacemos justicia.


A este tipo de amor nos llama la espiritualidad del Corazón de Jesús, porque así nos ama él. Amar entregando la vida como él la entregó. Amar con gratuidad, sin esperar nada a cambio. Amarlo a él porque a su corazón humano le gusta que lo quieran. Amar como él amó, amar a quienes él amó. 

(Claudio Barriga, sj, febrero 2007)